miércoles, 19 de septiembre de 2012

Trópico de Izcalli


A veces percibía en sus ojos
todo el odio del mundo.
Fantasmas, salvajes, terroristas,
mapas de amargas fronteras,
portavasos de malicia gotas de roto,
plexo de espinas clavado.

Había algo en sus pupilas
que me sumía en la tristeza,
como un conflicto que se abría,
se deconstruía
y se cerraba
en el arco de su iris.

En ese entonces,
yo mamaba luz
del dios de poca monta
que pendía, ciego de faroles,
en la hectárea rota de su intimidad.

En verdad que luego
uno busca la poesía,
y también la vida,
en la insospecha más rinconada,
sintiéndose un puto zahorí.
Pestañeaba y me decía:
“Cómo lloran los que ríen”.
Pestañeaba y me decía:
“Poética mi tinta más redonda”.
Pestañeaba y me decía:
“Cuando cojo, se me olvida
que tiendo a la tristeza”.

Y le dábamos al asunto
como en un párrafo,
escogido al azar,
de Henry Miller.

Lo reitero,
sus ojos eran un manicomio en llamas,
una familia de gitanos,
un sucio mantel de día de campo.

Por eso,
me gustaba
cuando estaban en blanco.
Cuando le daba vuelta al espejo
y la imagen calva
se quitaba la boina.