lunes, 30 de agosto de 2010

De Mérida, roto

Lo primero
Es nombrar el viento
Nombrarlo
Porque qué pinche calor
Hace acá
Nombrarlo
Suavecito
Para que no tempesteé
Nomás
Que ligero
Haga acto de presencia
Y arrulle los árboles
Y las hojas
Suelten de verde
Sus manos

Decir más viento
Y que la avenida
Se desnude
De calor
Para así poder
Sólo poder
Nombrar lo que sigue
Que es la
Luz

Una luz casi apagada
Que se filtre
Por tus ojos tibios
Y de ahí
Se bifurque
Y no se apague
Hasta que caiga
La noche
Y aunque eso ya
Está nombrado
Y se llama día
Nunca está de más

Después
Hay que nombrarte
A ti
Mujer
De espalda
Ligera
Y mirada
Alta
Nombrarte
Dos veces
La primera vez
En silencio
Y la segunda
Igual que la primera

Y por último
Decir el silencio
Para que nos duelan
Las orejas.

martes, 24 de agosto de 2010

Gurús

Uno dice, pregúntale al viento
Otro dice, que ahí está soplando la respuesta
Pero la respuesta del aire
Viene con signos
De interrogación
O con un dejo
Imperativo

Uno más afirma
Que mientras la novela gana por puntos
El cuento lo hace por knock out
Yo añadiría
Que la poesía
Siempre pierde

El otro
Cae en paracaídas
Como yo
Pero el suyo
Si abre
Cubriendo
Todas
Las palabras
Que aterrizan
Suavecitas
En oídos

El último metió su mano
Al costalito
De la poesía
Y se llevó todo

Así que
Sólo me queda
La ceiba
De una sombra

martes, 10 de agosto de 2010

Presunción

Hay días,
Casi a diario,
En que me siento
Un poeta de altos vuelos
Pero me desmienten
Las nubes
Allá arriba
Y el olor a mierda
De acá abajo

Así que busco,
A gatas,
A ras de cielo,
Una bocanada fresca
De aire

Luego me preocupa
Que tenga que escarbar
En los huesos de mis huesos
Para encontrar
Una canastita
Con tres palabras

¿Se estarán agotando las reservas?
¿Qué me queda ya después?
¿Ponerme una corbata
Para sentirme más desnudo?
¿Calzarme unos zapatos
Para que sea otro el que me camine?

Hay algo mal en el mundo
Cuando sus poetas
Se ven forzados a conseguir trabajo
O a casarse

Mi entierro de las flores

Yo, procuro, no sacudirme
a mis muertos.
¿Para qué?
Si casi no pesan.
Mejor
los cargo, ligeros,
en mi espalda
y nos vamos
tristitos por la vida.

Ellos pesan
menos que los vivos.
Ha de ser
porque carecen
de pretensiones.

Y, a diferencia de éstos,
quedan satisfechos con mis respuestas.

Lo que cabe en tus puños,
les respondo,
cuando me preguntan,
¿cuánto pesa el aire?

Vendremos por ti
algún día,
me murmullan
como Pedros en su páramo
cuando me recuestan por la noche.

Está bien.
Acá los espero.
Sólo no me sacudan mucho.

Pero no prometen nada.
Sólo sonríen,
y se les ve el polvo,
y se les sale el silencio
por el pecho.

Y para ser cadáveres
son bastante flexibles.
Cada que se me cae la mirada,
ellos se agachan
a recogerla.

Son bien vivos mis muertos.
Por eso no los muero.
Por eso sí los vivo.