viernes, 25 de enero de 2013

Agua sucia


Tu maestra de danza
se desvive en halagos
por la pronunciación de tu empeine,
alaba la flexibilidad de tus rodillas
y tus piernas largas, como columnas
de carne que despiertan
ante el llamado de un acorde.

Escucho sus términos pseudoartísticos,
mientras te veo romper tu silueta
y redimir tus pecados
en movimientos que antes sólo
atribuía a terrenos sinuosos:
la memoria del diablo,
el deseo, una península
o la catedral de las curvas.
  
Algo en mí se estimula,
aunque difiero un poco de la opinión
experta del canon que se condensa
y se duplica en la voz de tu maestra.
A mí me sorprende más el arco de tu lengua,
la resistencia de tus rodillas
al contacto con la alfombra
y los tatuajes de arena
que mis dedos tallan en tus piernas.
Me sorprende,
el hecho de que puedas hacerlo,
de que puedas sacar fuego
de la madera de la inmovilidad
y reducirlo toda a la ceniza de un trayecto.

Pero eso no lo ve tu profesora,
no lo aprecia nadie en ese teatro semivacío
que es como la lejía con que lavas tu rostro,
tus manos,
tu cuerpo,
y te purificas.

Yo sí lo veo,
aprecio el gesto en toda su magnitud
latitud
altitud
frondosidad
y, palabra, que bebería
toda el agua sucia
que gotea de tu talle.

Es el rocío de tus líneas
en movimiento
y no encuentro motivos para negarme.

jueves, 24 de enero de 2013

Representación y voluntad II


Yo andaba a la deriva,
pero ella apareció con una brújula
más exacta que un baktún profetizado en piedra.
"Mira, me dice, para que entiendas lo que quiero expresar
voy a usar términos que conozcas:
articula todo tu dolor para que se exprese en palabras.
Creo en ti, ya sé, casi no te conozco,
pero se te percibe la vocación de algo.
No sé de qué. Espero tú lo tengas claro.
Tienes algo de tu lado, algo positivo,
todavía está en ti el ímpetu de los Cocomes de Sotuta,
un ímpetu que en determinado momento va a explotar.
El asunto es que lo reprimes,
y mientras tanto, reprimes a quienes te rodean.
La literatura es más que repetir de memoria las frases que quieren oír las mujeres.
Si es tu vocación, no la degrades.
Cuando citas a Gelman o a Paz, adquieres una responsabilidad.
Si realmente valoras lo que haces, haz que llegue aún más lejos,
logra que sea el abrazo a un amigo, el amor a tu hija,
el cariño a tus padres, el respeto a quienes aprecias y valoras.
Eso es en verdad la literatura, es la palabra que asoma tras el corazón.
Tal vez suene cursi, pero es como yo lo veo.
Y si quieres conquistar mujeres, mejor dedícate sólo a la crítica literaria."

Mientras digiero sus palabras,
saca una hoja y se pone a dibujar.
Ella es una caja de Pandora,
sólo que en el buen sentido,
mientras más se abre, las plagas se alejan.

Con muy pocas líneas define la espalda de una silueta.
Ten, me dice, te lo regalo. Ahora te toca escribirme algo.
- Ando escribiendo mucho, pero nada sustancial. -
Eso va a cambiar, mientras tanto tú sigue. No dejes de arrastrar el lápiz.
- Va, me late. -

Sabes que estás cómodo, cuando el silencio no pesa.
Observo su dibujo. Es malo, pero tiene algo.
Tal vez sea el trazo firme que se aprecia en el cabello,
tal vez el pulso inquieto de la pantorrilla,
o sólo es el hecho que no he dormido.
Sé trazar carreteras, pero no soy ninguna autoridad
en las minucias del cuerpo humano, afirma.
Yo sé que miente, yo valido que sí es una autoridad.
Y mientras pongo un sello imaginario a la certificación mental
que acabo de expedir, intenta quitarme el papel.

La acompaño a tomar un taxi.
Podría llevarla al aeropuerto,
podría abrir el costal que guardo en mi pecho
y citar textos de Paz y de Gelman que no fueran tan conocidos,
es sólo que mi coche está como a 12 cuadras,
es sólo que hace calor, que estoy en horario laboral,
que no me gustan que me digan mis verdades,
y, para cerrar con broche de oro, que ella le va al América.

Soneto en ciernes


Con paso incierto, enfermo de tus formas,
en busca de la sombra que en el fondo
es sólo la sombra del mismo fondo,
encuentro lo clásico de tus formas.

En un contorno que sigue tu rastro,
entre el hondo de tu fondo que línea,
acorde de pecho que dicta línea
carne de borde que señala el rastro.

Y el punto que antecede tu raíz,
es un lunar, me dices, entre labios.
Sólo quiero el fondo de tu raíz.

Solo quiero las formas de tus labios.
Tengo el acento para tus tres sílabas
está envuelto en la punta de mis sílabas.

Representación y voluntad I


Yo pasaba por una mala racha, en ese entonces.
Acababa de regresar a trabajar al centro,
se descompuso el aire acondicionado del coche,
me salieron ampollas porque debía usar de nuevo zapatos,
traía un mal de amores en un bolsillo roto del corazón
y un dilema ético en el espíritu que haría palidecer a Scheler.
(No había nada de eterno en mí)

Una buena amiga del D.F. me recomendó leer
El mundo como voluntad y representación.
Así que me lo prestó, lo abrí y, la neta, no entendí nada.
Ha de ser porque estoy en la oficina, pensé,
así que salí al parque de enfrente.
Leí dos páginas y desistí.
Recién había encontrado en un ensayo
que todo el pensar de Borges se condensaba
en el título de ese libro.
Ahí caí en la cuenta de que nunca iba a poder
avanzar con ese texto.
Si alguien que lo había leído todo
citaba a Schopenhauer, es mala señal.
(Toda mi vida cabe en un prejuicio)

Así que mejor me puse a observar
la catedral y su juego de luces.
Había representación en ese espacio,
bueno, me refiero a la fachada,
porque todos sabemos que
adentro nunca ha habido nada
y eso que la puesta en escena lleva ya cientos de años.

Mientras parpadeaban las sombras,
se sienta junto a mí, en la banca del parque,
una figura llena de matices que no palidecían.

- Sombras suele vestir, exclamaría Góngora. -

Portaba una playera con un mensaje religioso
y una estampa con un aura de espinas.
Chale, tan bonita y tan puritana, pensé.

Se voltea y me pregunta, ¿qué estás leyendo?
Schopenhauer, contesto, con un dejo de confianza
y de altura intelectual.
Es de mis pensadores favoritos, secundo,
con la certeza de quien cree comprenderlo todo.
Ah, yo leo a Léon Bloy, y en francés, me comenta, y después sonríe.
Como no sabía de quién me hablaba, llevé la conversación
a terrenos más mundanos.
(De ésta, ni las dos páginas que he leído
de Schopenhauer me salvan, pensé para mis adentros.)

Vives acá, me pregunta.
Sí, llevo dos años en esta ciudad. ¿Y tú?
Vine a unas jornadas de Ingeniería, soy de Tampico.
Ah, la tierra de Rigo y de Rockdrigo.
Sí, y de Mauricio Garcés y de Patricia Laurent, añade.
(Zaz, tampoco sé quién es la tal Patricia.
Así que cambio de táctica:
me pongo a mandar mensajes en mi celular
para parecer un hombre ocupado.)

A qué te dedicas, me lanza a bocajarro.
Escribo discursos.
Discursos de qué.
Discurso total, ya sabes, al estilo de Malcolm X y de Goebbels.
Jajaja, que la tormenta se desate.
Ja, sí y con nopales automáticos.
Jajaja.

Su risa es una joya que crece, rebota y corona
las cuatro esquinas de la plaza.
No, miento, más bien es un cometa
al que le da hilo con su boca.
Falso, también es inexacto,
es el sonido que marca la pauta
de un acorde que jamás se repite.
Es una luz que se fuga y no retorna.

Me gusta Mérida, me dice, pero hace mucho calor.
Sí, es lo malo.
Es su manera de defenderse de los chilangos.
Hey, yo soy de allá.
Por eso digo.
Tengo que regresar al trabajo.
Ah, a qué hora sales.
No sé.
Si sales en menos de 20 minutos, dejo que me invites a cenar.
(Subí rápido por mi mochila, y en 4 minutos ya estaba de vuelta.)
¿Qué quieres comer?
Ya comí.
¿Quieres una cerveza?
Ya rugiste calcetín, creo que me dijo, pero más bien fue un OK.

Total que al calor de la quinta fría
ya nos habíamos confesado siete verdades.
Ella me dijo que no le gustaban sus pantorrillas.
Yo le dije que generalmente no era tan sociable.
Ella me dijo que la playera se la había prestado
la amiga con la que había ido al congreso,
que en tres días se regresaba a su tierra y no llevaba más ropa limpia.
Yo le dije que iba a sacar un libro que
se iba a llamar La risa del mutilado o
Poesía en porosa piel
o En la banca del parque que conduce a una cantina que conduce a un hotel.

Al otro día
me puso 12 videos de Los Xochimilcas
para demostrarme que eran unos genios,
Dos días después, me enseñó a escuchar al Cuarteto de Nos
bajo la óptica de Foucault.
Logré que se quedara el fin de semana,
fuimos a comprar unas botellas de vino,
vimos ganar al Cruz Azul, a Nonito Donaire
y gritamos con la pelea entre Brandon Ríos y Mike Alvarado,
mientras hojeábamos los ejemplares de la Biblioteca Básica de Yucatán
y los siete tomos de Las Aventuras de Astérix.
En la madrugada me llevó a caminar en medio de los charcos,
y me ayudó a definir el tema de mi tesis de maestría:
“El discurso político en la construcción del personaje histórico y literario de Felipe Carrillo Puerto.”

Esa morra, tan frágil, tan risueña,
ha trazado noches en vela
en los párpados de mi insomnio.
También, ha leído más que yo
y no sé si eso me agrada o me disgusta.
Tiene la voluntad de los acróbatas de cartón
que aparecen en sus sueños.
Su número de teléfono tiene muchos 3,
tal vez, por eso, se mueve entre los pliegues de la vida
con la certeza que da saberse singular
en un mundo repleto de pluralidades
Amitié amoureuse
es el concepto, me escribe, que define nuestro momento.
No sé qué significa,
pero con ese acento, entre costeño azul y galo,
yo estoy en un ánimo de creerle todo.