Yo pasaba por una mala racha, en ese
entonces.
Acababa de regresar a trabajar al centro,
se descompuso el aire acondicionado del
coche,
me salieron ampollas porque debía usar de nuevo zapatos,
traía un mal de amores en un bolsillo
roto del corazón
y un dilema ético en el espíritu que
haría palidecer a Scheler.
(No había nada de eterno en mí)
Una buena amiga del D.F. me recomendó leer
El
mundo como voluntad y representación.
Así que me lo prestó, lo abrí y, la neta, no
entendí nada.
Ha de ser porque estoy en la oficina,
pensé,
así que salí al parque de enfrente.
Leí dos páginas y desistí.
Recién había encontrado en un ensayo
que todo el pensar de Borges se
condensaba
en el título de ese libro.
Ahí caí en la cuenta de que nunca iba a
poder
avanzar con ese texto.
Si alguien que lo había leído todo
citaba a Schopenhauer, es mala señal.
(Toda mi vida cabe en un prejuicio)
Así que mejor me puse a observar
la catedral y su juego de luces.
Había representación en ese espacio,
bueno, me refiero a la fachada,
porque todos sabemos que
adentro nunca ha habido nada
y eso que la puesta en escena lleva ya cientos de años.
Mientras parpadeaban las sombras,
se sienta junto a mí, en la banca del
parque,
una figura llena de matices que no
palidecían.
- Sombras suele vestir, exclamaría
Góngora. -
Portaba una playera con un mensaje
religioso
y una estampa con un aura de espinas.
Chale, tan bonita y tan puritana, pensé.
Se voltea y me pregunta, ¿qué estás
leyendo?
Schopenhauer, contesto, con un dejo de
confianza
y de altura intelectual.
Es de mis pensadores favoritos, secundo,
con la certeza de quien cree comprenderlo
todo.
Ah, yo leo a Léon Bloy, y en francés, me
comenta, y después sonríe.
Como no sabía de quién me hablaba, llevé
la conversación
a terrenos más mundanos.
(De ésta, ni las dos páginas que he leído
de Schopenhauer me salvan, pensé para mis
adentros.)
Vives acá, me pregunta.
Sí, llevo dos años en esta ciudad. ¿Y tú?
Vine a unas jornadas de Ingeniería, soy
de Tampico.
Ah, la tierra de Rigo y de Rockdrigo.
Sí, y de Mauricio Garcés y de Patricia
Laurent, añade.
(Zaz, tampoco sé quién es la tal
Patricia.
Así que cambio de táctica:
me pongo a mandar mensajes en mi celular
para parecer un hombre ocupado.)
A qué te dedicas, me lanza a bocajarro.
Escribo discursos.
Discursos de qué.
Discurso total, ya sabes, al estilo de
Malcolm X y de Goebbels.
Jajaja, que la tormenta se desate.
Ja, sí y con nopales automáticos.
Jajaja.
Su risa es una joya que crece, rebota y
corona
las cuatro esquinas de la plaza.
No, miento, más bien es un cometa
al que le da hilo con su boca.
Falso, también es inexacto,
es el sonido que marca la pauta
de un acorde que jamás se repite.
Es una luz que se fuga y no retorna.
Me gusta Mérida, me dice, pero hace mucho
calor.
Sí, es lo malo.
Es su manera de defenderse de los chilangos.
Hey, yo soy de allá.
Por eso digo.
Tengo que regresar al trabajo.
Ah, a qué hora sales.
No sé.
Si sales en menos de 20 minutos, dejo que
me invites a cenar.
(Subí rápido por mi mochila, y en 4
minutos ya estaba de vuelta.)
¿Qué quieres comer?
Ya comí.
¿Quieres una cerveza?
Ya rugiste calcetín, creo que me dijo, pero
más bien fue un OK.
Total que al calor de la quinta fría
ya nos habíamos confesado siete verdades.
Ella me dijo que no le gustaban sus
pantorrillas.
Yo le dije que generalmente no era tan
sociable.
Ella me dijo que la playera se la había
prestado
la amiga con la que había ido al congreso,
que en tres días se regresaba a su tierra y no llevaba
más ropa limpia.
Yo le dije que iba a sacar un libro que
se iba a llamar La risa del mutilado o
Poesía en porosa piel
o En la banca del parque que conduce a
una cantina que conduce a un hotel.
Al otro día
me puso 12 videos de Los Xochimilcas
para demostrarme que eran unos genios,
Dos días después, me enseñó a escuchar al
Cuarteto de Nos
bajo la óptica de Foucault.
Logré que se quedara el fin de semana,
fuimos a comprar unas botellas de vino,
vimos ganar al Cruz Azul, a Nonito
Donaire
y gritamos con la pelea entre
Brandon Ríos y Mike Alvarado,
mientras hojeábamos los ejemplares de la
Biblioteca Básica de Yucatán
y los siete tomos de Las Aventuras de Astérix.
En la madrugada me llevó a caminar en
medio de los charcos,
y me ayudó a definir el tema de mi tesis
de maestría:
“El discurso político en la construcción
del personaje histórico y literario de Felipe Carrillo Puerto.”
Esa morra, tan frágil, tan risueña,
ha trazado noches en vela
en los párpados de mi insomnio.
También, ha leído más que yo
y no sé si eso me agrada o me disgusta.
Tiene la voluntad de los acróbatas de cartón
que aparecen en sus sueños.
Su número de teléfono tiene muchos 3,
tal vez, por eso, se mueve entre los
pliegues de la vida
con la certeza que da saberse singular
en un mundo repleto de pluralidades
Amitié
amoureuse
es el concepto, me escribe, que define
nuestro momento.
No sé qué significa,
pero con ese acento, entre costeño azul y
galo,
yo estoy en un ánimo de creerle todo.