lunes, 8 de octubre de 2012

Cómo saber si es la efectiva


Empieza por lo primero, frota su cuerpo con tu mirada,
envuelve sus curvas con la pupila,
si tus ojos se prenden de alguna circunferencia,
invítale una cerveza.
Pregúntale si ha leído a e. e. cummings o a Cioran.
Después, dile que te lleve a su casa
– no cometas la osadía de invitarla
a tu departamento hasta después de varios meses –,
no debes alarmarla con tus hábitos de vida
y tu tendencia al autosabotaje.
Ya estando con ella, husmea en su closet,
revisa su ropa interior, huele sus calzones
y, sobre todo, verifica que no clasifique los calcetines por colores.
Ésa es una muy mala señal.
Después intentará ordenar tu vida,
restringirá tus amistades y tu consumo de alcohol.
Más adelante, échale un ojo a su librero,
si tiene discos de John Trudell, Sonny Boy Williamson
o Mahler, es muy buen augurio.
Si tiene libros de Pessoa y de Felisberto Hernández
ya la hiciste, ya estás del otro lado,
seguro es una fiera en la cama,
sólo las verdaderas amazonas,
las guerreras de hueso colorado,
leen al buen Felisberto.
Pero tampoco te claves mucho en esos aspectos.
Toda mujer es una metáfora no acabada
y lo más probable es que tú no estés destinado a pulirla.
Ése es trabajo serio, es labor de arquitectos,
de médicos, de abogados, de hombres respetables ,
hombres que tienen un proyecto de vida y un proyecto de pareja,
hombres que hacen ejercicio,
que lavan su coche y son emprendedores.
Pero no hay por qué afligirse.
Si la mujer en cuestión tiene buenas curvas,
si hay algo de música y literatura entre sus pliegues,
si coge como las grandes,
sólo disfruta el momento.
Vale madres si es la indicada.
Es la indicada para ese día o semana,
para ese fragmento de historia patética
que están escribiendo los dos
entre cuatro paredes y un techo.
Además, para saber si es la efectiva
tendrás que esperar
al momento de tu derrota,
a cuando estás hecho mierda y todos se hayan ido.
Ese día, si al alzar la vista
te encuentras con ella,
puede ser que sea la respuesta a tus preguntas.
Y digo que puede ser,
porque tal vez sólo estaba esperando
un atisbo de fortaleza,
un indicio de que había algo de vida en tu cuerpo,
para decir adiós de manera afectuosa
e irse con cierta tranquilidad
a coger con alguien exitoso, formal
y que jamás ha perdido en un espejo las llaves de su alma. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Cuando nadie


Nuestra relación era la muerte
y también la vida.
Peleábamos en las buenas
y acabábamos cogiendo
en las malas.
Aún así, te recuerdo con algo
que cualquier pendejo como yo
diría que es cariño.

Recuerdo el desorden de tu casa.
Un desorden que no te permitía
encontrar tus calcetines.
Y por eso, casi siempre,
salías a descalzar la calle.

Recuerdo que una vez
olvidé un libro en tu buró,
y cuando te lo pedí, me dijiste:
“Lo que está por tres semanas
en mi casa, es mío.”

También, recuerdo cuando me quedé
en tu casa por tres días,
y tú me sacaste, argumentando:
“Eres de esas personas
que se aprecian mejor
cuando no las ves.”
Y yo me fui y recuperé mi libro
que es de esos libros
que son mejores
cuando no los lees tú.

Hace apenas unos días te hablé a las
tres rotas de la mañana,
tu respuesta fue:
“No me importa tener
sexo por compasión contigo.
Así que ven.”
A las 3:30 AM, ahí estaba yo,
con el espíritu herido,
pero la sangre dispuesta.

Recuerdo que no cogimos
esa noche. Ya era tarde.
Tu coche no arrancó,
y aunque caminamos,
vaya que caminamos,
no conseguimos cerveza,
ni condones.

No cogimos esa noche,
pero, cosa extraña en ti,
me hiciste un hueco en tu espacio.
Y cuando me estaba durmiendo
profetizaste:
“Tus mejores poemas
vendrán de noche,
sólo procura que para ti
sea de día.”
¿Es una promesa?
“No. Es la lluvia cuando se oye.”

Y me cerraste los besos a ojos.

Recuerdo que no cogimos esa noche,
pero aprecio el detalle
de que me abriste tu corazón
cuando nadie.