martes, 10 de agosto de 2010

Mi entierro de las flores

Yo, procuro, no sacudirme
a mis muertos.
¿Para qué?
Si casi no pesan.
Mejor
los cargo, ligeros,
en mi espalda
y nos vamos
tristitos por la vida.

Ellos pesan
menos que los vivos.
Ha de ser
porque carecen
de pretensiones.

Y, a diferencia de éstos,
quedan satisfechos con mis respuestas.

Lo que cabe en tus puños,
les respondo,
cuando me preguntan,
¿cuánto pesa el aire?

Vendremos por ti
algún día,
me murmullan
como Pedros en su páramo
cuando me recuestan por la noche.

Está bien.
Acá los espero.
Sólo no me sacudan mucho.

Pero no prometen nada.
Sólo sonríen,
y se les ve el polvo,
y se les sale el silencio
por el pecho.

Y para ser cadáveres
son bastante flexibles.
Cada que se me cae la mirada,
ellos se agachan
a recogerla.

Son bien vivos mis muertos.
Por eso no los muero.
Por eso sí los vivo.

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