miércoles, 6 de octubre de 2010

Tu cuello 21 & 17.2

Estoy frente a su puerta
y escucho tamborazos,
algo así como música afroantillana.
Me dijo
que traía un cuento entre manos,
pero más bien vine
por el poema que trae
entre piernas.

Me abre,
de sudor cubiertita,
y me dice
que no hay nada
que la excite más que unos
negros dando tamborazos.

Y aunque sé que en su cuerpo mojado
se guardan los seretos del agua,
me encabrono un poco.

Saca una botella de vino.
“Me la regaló el de la tienda de la esquina.
Creo que me quiere coger.”

Y ahí sí me emputo.
Puedo tolerar a sus negros imaginarios.
Pero tampoco soy de piedra.

Su voz se pierde
mientras veo sus discos.
Y aunque ahí están Odetta,
Patti Smith y
Di Meola,
me llega el conocimiento atroz
de que lo que busco
no está ahí,
no en ella,
no en su.

Así que salgo
y bajo las escaleras.

Qué fácil es decir adiós
cuando no hay necesidad
de azotar las puertas.

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