Tu maestra de danza
se desvive en halagos
por la pronunciación de tu empeine,
alaba la flexibilidad de tus rodillas
y tus piernas largas, como columnas
de carne que despiertan
ante el llamado de un acorde.
Escucho sus términos pseudoartísticos,
mientras te veo romper tu silueta
y redimir tus pecados
en movimientos que antes sólo
atribuía a terrenos sinuosos:
la memoria del diablo,
el deseo, una península
o la catedral de las curvas.
Algo en mí se estimula,
aunque difiero un poco de la opinión
experta del canon que se condensa
y se duplica en la voz de tu maestra.
A mí me sorprende más el arco de tu
lengua,
la resistencia de tus rodillas
al contacto con la alfombra
y los tatuajes de arena
que mis dedos tallan en tus piernas.
Me sorprende,
el hecho de que puedas hacerlo,
de que puedas sacar fuego
de la madera de la inmovilidad
y reducirlo toda a la ceniza de un
trayecto.
Pero eso no lo ve tu profesora,
no lo aprecia nadie en ese teatro semivacío
que es como la lejía con que lavas tu
rostro,
tus manos,
tu cuerpo,
y te purificas.
Yo sí lo veo,
aprecio el gesto en toda su magnitud
latitud
altitud
frondosidad
y, palabra, que bebería
toda el agua sucia
que gotea de tu talle.
Es el rocío de tus líneas
en movimiento
y no encuentro motivos para negarme.
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