Empieza por lo primero, frota su cuerpo
con tu mirada,
envuelve sus curvas con la pupila,
si tus ojos se prenden de alguna
circunferencia,
invítale una cerveza.
Pregúntale si ha leído a e. e. cummings o
a Cioran.
Después, dile que te lleve a su casa
– no cometas la osadía de invitarla
a tu departamento hasta después de varios
meses –,
no debes alarmarla con tus hábitos de
vida
y tu tendencia al autosabotaje.
Ya estando con ella, husmea en su closet,
revisa su ropa interior, huele sus
calzones
y, sobre todo, verifica que no clasifique
los calcetines por colores.
Ésa es una muy mala señal.
Después intentará ordenar tu vida,
restringirá tus amistades y tu consumo de
alcohol.
Más adelante, échale un ojo a su librero,
si tiene discos de John Trudell, Sonny
Boy Williamson
o Mahler, es muy buen augurio.
Si tiene libros de Pessoa y de Felisberto
Hernández
ya la hiciste, ya estás del otro lado,
seguro es una fiera en la cama,
sólo las verdaderas amazonas,
las guerreras de hueso colorado,
leen al buen Felisberto.
Pero tampoco te claves mucho en esos
aspectos.
Toda mujer es una metáfora no acabada
y lo más probable es que tú no estés
destinado a pulirla.
Ése es trabajo serio, es labor de
arquitectos,
de médicos, de abogados, de hombres
respetables ,
hombres que tienen un proyecto de vida y un
proyecto de pareja,
hombres que hacen ejercicio,
que lavan su coche y son emprendedores.
Pero no hay por qué afligirse.
Si la mujer en cuestión tiene buenas
curvas,
si hay algo de música y literatura entre
sus pliegues,
si coge como las grandes,
sólo disfruta el momento.
Vale madres si es la indicada.
Es la indicada para ese día o semana,
para ese fragmento de historia patética
que están escribiendo los dos
entre cuatro paredes y un techo.
Además, para saber si es la efectiva
tendrás que esperar
al momento de tu derrota,
a cuando estás hecho mierda y todos se
hayan ido.
Ese día, si al alzar la vista
te encuentras con ella,
puede ser que sea la respuesta a tus
preguntas.
Y digo que puede ser,
porque tal vez sólo estaba esperando
un atisbo de fortaleza,
un indicio de que había algo de vida en
tu cuerpo,
para decir adiós de manera afectuosa
e irse con cierta tranquilidad
a coger con alguien exitoso, formal
y que jamás ha perdido en un espejo las
llaves de su alma.
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