sábado, 6 de octubre de 2012

Cuando nadie


Nuestra relación era la muerte
y también la vida.
Peleábamos en las buenas
y acabábamos cogiendo
en las malas.
Aún así, te recuerdo con algo
que cualquier pendejo como yo
diría que es cariño.

Recuerdo el desorden de tu casa.
Un desorden que no te permitía
encontrar tus calcetines.
Y por eso, casi siempre,
salías a descalzar la calle.

Recuerdo que una vez
olvidé un libro en tu buró,
y cuando te lo pedí, me dijiste:
“Lo que está por tres semanas
en mi casa, es mío.”

También, recuerdo cuando me quedé
en tu casa por tres días,
y tú me sacaste, argumentando:
“Eres de esas personas
que se aprecian mejor
cuando no las ves.”
Y yo me fui y recuperé mi libro
que es de esos libros
que son mejores
cuando no los lees tú.

Hace apenas unos días te hablé a las
tres rotas de la mañana,
tu respuesta fue:
“No me importa tener
sexo por compasión contigo.
Así que ven.”
A las 3:30 AM, ahí estaba yo,
con el espíritu herido,
pero la sangre dispuesta.

Recuerdo que no cogimos
esa noche. Ya era tarde.
Tu coche no arrancó,
y aunque caminamos,
vaya que caminamos,
no conseguimos cerveza,
ni condones.

No cogimos esa noche,
pero, cosa extraña en ti,
me hiciste un hueco en tu espacio.
Y cuando me estaba durmiendo
profetizaste:
“Tus mejores poemas
vendrán de noche,
sólo procura que para ti
sea de día.”
¿Es una promesa?
“No. Es la lluvia cuando se oye.”

Y me cerraste los besos a ojos.

Recuerdo que no cogimos esa noche,
pero aprecio el detalle
de que me abriste tu corazón
cuando nadie.

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