Nuestra
relación era la muerte
y también la
vida.
Peleábamos en
las buenas
y acabábamos
cogiendo
en las malas.
Aún así, te recuerdo con
algo
que cualquier
pendejo como yo
diría que es
cariño.
Recuerdo el
desorden de tu casa.
Un desorden que
no te permitía
encontrar tus
calcetines.
Y por eso, casi siempre,
salías a
descalzar la calle.
Recuerdo que
una vez
olvidé un libro
en tu buró,
y cuando te lo
pedí, me dijiste:
“Lo que está
por tres semanas
en mi casa, es mío.”
También, recuerdo
cuando me quedé
en tu casa por
tres días,
y tú me sacaste, argumentando:
“Eres de esas
personas
que se aprecian
mejor
cuando no las
ves.”
Y yo me fui y recuperé mi
libro
que es de esos
libros
que son mejores
cuando no los
lees tú.
Hace apenas
unos días te hablé a las
tres rotas de
la mañana,
tu respuesta fue:
“No me importa
tener
sexo por
compasión contigo.
Así que ven.”
A las 3:30 AM, ahí estaba yo,
con el espíritu
herido,
pero la sangre dispuesta.
Recuerdo que no
cogimos
esa noche. Ya era tarde.
Tu coche no
arrancó,
y aunque
caminamos,
vaya que
caminamos,
no conseguimos
cerveza,
ni condones.
No cogimos esa noche,
pero, cosa
extraña en ti,
me hiciste un
hueco en tu espacio.
Y cuando me
estaba durmiendo
profetizaste:
“Tus mejores
poemas
vendrán de
noche,
sólo procura
que para ti
sea de día.”
¿Es una
promesa?
“No. Es la
lluvia cuando se oye.”
Y me cerraste
los besos a ojos.
Recuerdo que no
cogimos esa noche,
pero aprecio el
detalle
de que me abriste
tu corazón
cuando nadie.
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